Llego caliente a la mesada, seguramente una reacción provocada por boludeces de la vida cotidiana: alguna puesta en escena que me recordó la injusticia en la que vivimos, alguna muerte, alguna pena, algún error, algún horror.
Encaro la pizarra y veo panes, muchos panes. Casi sin pensar me dispongo a la tarea: balanza, harina, levadura, agua, sal y manteca. Medido, pesado, armo la clásica corona y empiezo la mezcla. Como siempre primero la mano derecha, cosa que si hay que usar la zurda de emergencia, este limpita. El abrir y cerrar del puño derecho trabajando sobre la materia prima da cuenta de mi estado de ánimo. También la palma de la izquierda, sosteniendo mi peso sobre la mesada. Mezcla que te mezcla me entusiasmo en la labor. De fondo, una frenética guitarra escocesa acompaña mis movimientos.
A medida que avanzo en el amasado, noto que mi ira disminuye: más fuerte entonces, tan fuerte como la masa lo permita. Las manos, que pasaron el pegote al amasijo y están tan pulcras como tibias comienzan a sentir el entumecimiento: más fuerte todavía.
Después de agregar harina dos o tres veces, miro incrédulo el bollo que hace un rato era una suma de ingredientes inconexos. Me estudio a mí mismo: de mi furia solo queda la guitarra escocesa que hace gala de su histeria en un contexto de tensa calma. Le doy forma, ahora sobre una chapa y mientras el horno levanta temperatura le hago tres cortes con el filo de la cuchilla.
Vuelvo a ojear el bollo y repaso la lista de ingredientes. Me hago una clara idea de cuál es el efecto que cada uno le hará al cuerpo del consumidor, los vi por separado. Toqué la harina de trigo, añadí el agua, olí la levadura, incorporé la manteca, agregué la sal… y la furia? Deje la furia en el pan, ese que ahora se lamenta de los 200 grados con los que lo castiga el horno. Se llevó mi rabia y no paro un segundo de pensar en ¿cuál es el efecto de mi saña en el estómago del ingenuo comensal?
