El domingo 24 de junio de 1990, hace casi 23
años, nos juntamos a festejar en la casa del viejo. Nos juntamos a festejar un
par de cosas: el viejo cumplía ese día sus 39 años y justo caía el Día del Padre.
39 años, sólo algunos más que los que tengo
hoy, mientras intento recordar y escribo esta breve historia.
Papá había alquilado una casa en Ituzaingó, en
el Barrio Aeronáutico, en los confines de la calle Brandsen, a una o dos casas
de un parque inmenso que nos albergó durante largos fines de semana de nuestra
temprana adolescencia.
La casa estaba semivacía. Papá hacía unos
meses que había juntado fuerzas para dejar la habitación en lo de su hermano,
el tío Cardio, que lo albergó cuando se separaron con la vieja.
Me acuerdo de que lo más importante en esa mudanza
era sacar el poster de Boquita que le habíamos pegado arriba de la cama como
para levantarle el ánimo. Lo demás entraba todo en una vieja valija de cuero.
La casita del Barrio Aeronáutico se fue llenando de a poco, con aportes variados de sus amigos, principalmente de Edgardo, que además le tiró al viejo una soga con el laburo de la venta de carne por mayor, lo que iba dejando unos mangos como para comprar lo que faltaba.
La casita del Barrio Aeronáutico se fue llenando de a poco, con aportes variados de sus amigos, principalmente de Edgardo, que además le tiró al viejo una soga con el laburo de la venta de carne por mayor, lo que iba dejando unos mangos como para comprar lo que faltaba.
Uno de los aportes fundamentales fue una tele
en blanco y negro, con mesita incorporada, que va a ser clave en esta breve
historia, porque es la misma tele que iba a permitirnos ver el mundial de
fútbol que se jugaba ese año en Italia.
Estábamos todos muy entusiasmados con Italia
90: defendíamos el título obtenido en el 86 por la dupla Maradona-Bilardo, que
se repetía en el 90. Con Pablo llevábamos un tiempo juntando las figuritas de
Italia 90 y pegándolas en el álbum, lo que nos permitía conocer los principales
jugadores de los planteles de todas las selecciones participantes, en un claro
anticipo de lo que años más tarde sería el fenómeno de la globalización.
El viejo, que como si fuera poco, en el mismo
año no solo se había separado de mamá, sino también del peronismo, le sumaba un
tercer condimento a su Italia 90: era el primer mundial sin su viejo. El viejo
del viejo, el abuelo Josengo, que reventó de alegría y de tristeza, a fines de
junio del 86, en una historia que ya contó Victoria. Una historia en la que la
fatalidad y la emoción se conjugan en un destino digno de la atención de un
guionista hollywoodense. Un destino que lo llevó al viejo al velorio de otro
viejo, donde se encontró con el velorio de su propio viejo: mi abuelo Josengo.
Josengo igual siempre anda por ahí, es ese
abuelo que está conmigo todo el tiempo, me acompaña donde voy, en nombre y apellido, y al que a
veces imagino practicar un discurso frente a un espejo -como me contaron papá y
las tías que solía hacer- y, satisfecho con la faena, volver a laburar al
almacén.
Volviendo a ese 24 de junio de 1990 y, para
recapitular, sin mamá, sin Perón y sin Josengo, el viejo festejaba sus 39. Para
colmo, la selección argentina se jugaba la clasificación en octavos, a plata o
mierda, contra su eterno rival: la siempre temible selección brasilera.
Éramos unos cuantos y estábamos comiendo un
guiso. La vajilla no alcanzaba, así que hacíamos turnos rotativos: terminaba
uno y arrancaba otro. Las sillas tampoco alcanzaban, así que unos cuantos
estábamos sentados en el piso, alrededor de la tele, tratando de ver lo poco
que nos permitía la lluvia producida por la conexión provisoria.
Maradona jugaba infiltrado, tenía el tobillo
como una maceta y para colmo de males, los brazucas venían derechito, tres
jugados y tres ganados. Bilardo tiró todo el equipo para atrás, con medio Diego
de enganche y Caniggia solo adelante. La cosa pintaba difícil.
Tengo recuerdos fragmentados de ese día, ni
más ni menos fragmentados que los de otros días, pero me acuerdo perfecto de
algunas cosas: me acuerdo del partido, me acuerdo del baile que nos estaba
dando Brasil, me acuerdo de las pelotas en los palos, me acuerdo del silencio
de todos los invitados al festejo, me acuerdo del cagazo de que Brasil nos
dejara afuera en octavos y, sobre todo, me acuerdo del ferviente deseo de que
la selección le regalara un triunfo al viejo en su día, ese día en que cumplía
39, cargado de desilusiones, sin mamá, sin Perón y sin Josengo.
Cuando el Diego apuró el pase justo para
Caniggia, que eludió magistralmente a Taffarel para inflar la red de gol,
explotamos de alegría.
Festejamos algo más que un gol. Festejamos un
gol que te muestra que hay momentos donde lo importante es seguir para
adelante, sin resignaciones, no importa cómo, hay que pelearla porque la vida
sigue, llena de dificultades, plagada de complicaciones, pero sigue.
Me quedé quietito... entre la lluvia de la
tele en blanco y negro, los gritos y los saltos de todos los invitados, llegué a
ver que el Cani se reía conmigo.

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