por Victoria
a Rodolfo y Josengo
Esa mañana, como todas las
mañanas, el hombre viejo se levantó a las ocho en su monoambiente de Congreso.
Hacía años ya que no trabajaba como secretario en el estudio jurídico de su
hija, pero no había perdido la costumbre de amanecer temprano y vestirse
siempre de traje y corbata. También como todas las mañanas, puso el agua en la
pava de aluminio para el té con leche y se fue al baño a peinarse y afeitarse.
A unos kilómetros de distancia,
en una casita con jardín del conurbano, su hijo todavía dormía. El invierno
estaba frío, y bajo las colchas abrigaba los músculos cansados de festejar el
día anterior: Argentina había salido campeón en México. La mujer, casi en
silencio, había preparado a los tres chicos mayores antes de que llegara el
micro que los llevaba a la escuela. La menor también seguía durmiendo. La pava en la hornalla empezaba a zapatear,
el agua estaba lista para el café. A diferencia de su padre, el hombre
joven todavía podía desayunar café con
leche. Al hombre viejo se lo habían prohibido unos años atrás, después del
infarto, porque lo alteraba.
Mientras se afeitaba frente al
espejo, el hombre viejo saboreaba
despacito la victoria del seleccionado, recordaba los goles y volvía a
emocionarse. En sus 70 años de vida, Argentina había jugado nueve campeonatos y
había ganado dos copas. El hombre viejo se congratulaba por haberse cuidado
tanto. El pollito desgrasado y sin sal de todos los mediodías no había sido en
vano. Gracias a eso, había visto salir campeón a Argentina una vez más. Ahora,
se engominaba despacio con el peine celeste que había comprado en el tren unos
días antes, de camino a visitar a sus nietos, y recordaba las cargadas de su
amigo rengo. A pesar de ser tan distintos, se tenían mucho afecto. Además de
amigo, era su consuegro. Se habían conocido en el estudio de la hija. El rengo
había decidido vivir lo que le quedaba de vida sin privarse de nada. La
diabetes ya le había costado una pierna, pero todas las tardes cuando se
encontraban en Los Angelitos, el rengo
se tomaba su café con crema y azúcar. Se reía de todo a borbotones, se enojaba
con ganas, se sulfuraba contra los peronistas. Él no. Él nunca perdía su
eje. Vivía lento y pausado.
Entonces sonó el teléfono. Sonó
casi a coro en Bernal y Congreso.
El hombre joven se despertó con
la noticia en la boca de su mujer. Era su hermana, la abogada, para contarle
que había muerto el padre del marido. La
noche anterior, entre festejo y festejo, el corazón del rengo se había quedado
mudo. Lo velaban esa misma tarde en Barrio Norte. Salió apurado de la cama. El
rengo no le importaba mucho, le parecía un viejo canalla y gorila, pero si
seguía durmiendo iba a llegar tarde al trabajo y no quería quedarse más horas.
Bastante lo fastidiaba tener que pasar por el velorio antes de volver a su
casa.
El hombre viejo se sentó casi
noqueado por la noticia que le había dado su yerno. Justo cuando estaba
pensando en el rengo. Anotó la dirección de la cochería y fue arrastrando las
pantuflas hasta la cocina, apagó la pava
y siguió directo hasta el placard, a sacar de la funda el traje negro, el mismo
que había usado para el casamiento de sus hijos y el velorio de su mujer. Por
suerte, nunca se olvidaba de llevarlo a la tintorería después de usarlo. Estaba
impecable. Lo apoyó con cuidado en la silla. Lustró con parsimonia los
mocasines negros de cuero.
Mientras se ponía los mocasines
negros, apurado, el hombre joven decidió que iba a llamar a su padre para saber
cómo estaba recién cuando llegara a la oficina. No quería que se le hiciera
todavía más tarde y, de todos modos, seguramente se iban a ver en el velorio.
Se tragó el café con leche mientras se acomodaba el pelo engominado con los
dedos, agarró el portafolios y el abrigo, besó a su mujer y a su hija y se fue
a tomar el colectivo.
El hombre viejo cepillaba los
zapatos con movimientos de máquina cansada. El día se le estaba haciendo interminable.
Sentía una piedra fría, redonda y gigante de tristeza en los hombros. Encendió
la radio para distraer los pensamientos. El tema del momento era el campeonato.
En ningún programa hablaban de otra cosa, así que dejó Radio Mitre, por lo
menos las voces le resultaban amigas, aunque ya no pudiera prestar atención a
lo que decían.
Apenas llegó a la oficina, el
hombre joven saludó a sus amigos del trabajo con el obligado “vamos Argentina,
carajo”. Aún se vivía un clima de festejo. Durante el resto del día, se olvidó
de que esa tarde lo esperaba un velorio y se dedicó a comentar todos los
detalles del partido con los compañeros.
Cerca de las cinco de la tarde,
el hombre viejo decidió que ya era hora de levantarse y cambiarse. El velorio
empezaba a las seis. Sin ganas, había preparado y comido el pollo desgrasado,
pensando que la vida seguía, a pesar de todo. Después se había acostado un rato
para tratar de dormir la siesta. Al fin y al cabo, esa noche iba a pasarla en
vela y no quería hacer el ridículo quedándose dormido por los rincones. No
había podido pegar un ojo. Las horas le habían pasado como goteando recuerdos
del rengo. Se desenredó de las sábanas y
empezó a desabotonarse el piyama de viyela azul con las manos cansadas. Frente
al espejo del placard se vio el pecho blanco, hundido como el de su hijo y
atravesado por la grieta del infarto, y se acordó de que su hijo no quería al
rengo. Igualmente, sabía que lo iba a ver en el velorio. Si algo les había
enseñado a él y a su otra hija era a respetar las ceremonias. Descolgó la
camisa blanca, almidonada, que él mismo había planchado unos días antes, y
empezó a vestirse.
Cuando el hombre joven miró el
reloj, ya eran las cinco y media de la tarde, horario cumplido. Los muchachos
lo habían invitado a tomarse una cerveza para festejar el campeonato a la
salida de la oficina y él había aceptado. De paso, dilataba un poco más el
momento de ir al velorio. La cochería quedaba en la otra punta de la ciudad y,
a esa hora, iba a tener como 40 minutos de
colectivo hasta llegar. Al acordarse de eso, se dio cuenta de que no
había llamado a su padre en todo el día. Se sintió un poco culpable, pero se
consoló pensando que lo iba a ver ahí. Sabía que el viejo se iba a sentir
orgulloso de que fuera. Después de todo, le había enseñado que estaba mal
escaparle a esas ceremonias, y él lo había aprendido. Se puso el sobretodo, agarró el portafolios y
salió para el bar.
Otra vez, casi a coro, chocaron
los porrones de vidrio del festejo mientras el cráneo del hombre viejo caía con todo su peso sobre el piso de madera
de la cochería, junto al ataúd de su amigo.
Cuando el hombre joven llegó al
velorio, pensando en que iba a tomar un café apenas pudiera para quitarse el
gusto y el olor a festejo de la boca, su hermana había dejado de montar guardia
en la puerta para ir al baño. Entró en la cochería y algo le llamó la atención:
bajo el nombre del rengo, en letras blancas sobre el fondo negro de felpa,
estaba también el nombre de su padre. Imaginó que se trataba de alguna
costumbre ya gastada que nunca le había enseñado. Una especie de padrinazgo o
algo así, un homenaje que el viejo le hacía a su amigo muerto. Entonces dio
unos pasos hasta la sala y sintió que se acercaban piernas apuradas, ojos
desencajados, pero en el fondo llegó a ver, antes de que lo frenaran, antes de
que la noticia le llegara con el filtro amortiguado de las palabras, llegó a
ver, allá, en el fondo, los dos cajones de los amigos muertos.

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